SÁBADO 23: EL REENCUENTROLa alarma del móvil desgarró el silencio de la habitación como si fuera un gallo digital con complejo de tenor. 4:30 a.m. Ni una queja, ni un bostezo: cuando la carretera llama, uno se levanta como los monjes trapenses, en silencio y con propósito.
Por delante, 398 km hasta la bodega Pago del Vicario, en Porzuna, donde el resto de la expedición había pasado la noche. El objetivo era claro: llegar antes del briefing y aparecer como una epifanía sobre ruedas. Google Maps dictaba sentencia: 4 horas y 20 minutos. No había margen para filosofías.
Abandonamos el garaje silencioso para encontrarnos con un Valladolid igual de callado, como si la ciudad entera aún estuviera en fase REM. Rumbo a Madrid, sin perder un minuto. Y casi sin darnos cuenta, ya estábamos repostando y desayunando en un bar de carretera de esos que huelen a café honesto y pan tostado. Madrid quedó atrás como un suspiro.
Ya no quedaba nada.
Y como un reloj suizo —de los buenos, no de los que se compran en un mercadillo medieval— llegamos al parking del hotel antes del briefing… y antes incluso de que los demás hubieran terminado de desayunar. Allí nos recibió un Vicent incrédulo, con esa expresión de “esto no puede estar pasando” que tanto nos gusta provocar.
El resto fue un festival de besos, abrazos y apretones de mano. Como si las 24 horas de ausencia hubieran sido un simple parpadeo. Tras las enhorabuenas por la “falsa alarma” mecánica de nuestra montura, nos reincorporamos al grupo para afrontar el último día de la Hispano Ruta 2026.
La noche anterior se habían unido a la aventura Matías, Kalamero y Ana, y Kiko y Salomé, ampliando la troupe como si esto fuera una novela coral.

El último briefing no defraudó: nos esperaban curvas para aburrir, paisajes para enmarcar y una temperatura que subía como si quisiera batir un récord olímpico. Pero nada que pudiera asustar a un grupo de roadsters curtidos.


Salimos del parking despacio, con esa calma de quien sabe que el día traerá momentos de pisar el acelerador con alegría. De pronto, el Walky vibró: alguien había olvidado un objeto personal en el hotel.
Aún no habíamos abandonado el camino, así que estacionamos y seguimos charlando, esperando al compañero despistado.










Primera parada: repostaje. Y ya se notaba el calor, ese que te abraza como un familiar pesado en Navidad.


(¿¿¿¿Esta foto es una declaración de intenciones?

)


Buscamos refugio bajo la sombra de una caseta, que terminó teniendo más funciones que un edificio renacentista:
—rocódromo improvisado para dos valientes que treparon para la foto de grupo,
—y escenario perfecto para una foto de “no grupo”, simpática y cercana, como esas tomas falsas que acaban siendo mejores que la película.



Continuamos atravesando Saceruela, Chillón, Capilla y Peñalsordo, un festival de paisajes que parecían sacados de un documental de La 2.





Llegamos puntuales a Puebla de Alcocer, donde nos esperaba el bar-restaurante La Huerta. Otra joya inesperada: eficiencia, calidad, buen precio y aire acondicionado, ese invento moderno que debería tener monumento propio.
Los coches quedaron protegidos del sol, y nosotros disfrutamos de raciones estupendas y conversaciones aún mejores, también con los dueños y clientes del local.



Como nota pintoresca, las cigüeñas anidaban en grupo junto al restaurante, como si también estuvieran haciendo su propia Hispano Ruta.

Con los estómagos felices, encaramos las últimas horas de esta semana fantástica por carreteras llenas de curvas: abiertas, cerradas, espirales, inversas, cóncavas, convexas… un catálogo geométrico digno de Euclides.
El final de la Hispano Ruta estuvo a la altura del evento. La llegada al Hotel Parque Cabañeros, en Horcajo de los Montes, fue celebrada como si hubiéramos conquistado una plaza fuerte. La piscina y las instalaciones recibieron aplausos también.
Fue el momento elegido por Ana y Kalamero para despedirse, mientras el resto, tras un “rápido” check-in, se relajó en la cafetería.
Lo que ocurrió entre ese momento y la cena merece capítulo aparte. Baste decir que:
—uno subió al restaurante con la maleta,
—otro cenó en indumentaria piscinera porque se quedó atrapado en el bar,
—otros bajaron “a tomar algo” y no volvieron a subir hasta después de la cena… o del paseo posterior,
—y hubo intercambios de ropa cuyo origen nadie recuerda.
Risas, risas y más risas. La cena pasó en un suspiro, por motivos variados y confesables solo en privado. Después, se recuperó un poco la compostura… pero solo lo justo para la foto.


Con los ánimos ya más templados, algunos salieron al típico paseo “para bajar las migas”, antes de entregarse a un sueño reparador, esta vez más necesario que nunca.
