MARTES 19Amaneció en Arnedillo con un cielo despejado y una temperatura de 12 °C, que fue subiendo poco a poco a lo largo del día.



Después del desayuno, nos despedimos de Charo, Stephan y Fito, a quienes se les acababa la aventura de la Hispano Ruta por este año.

Tras un rápido briefing en el parking del hotel, emprendimos ruta hacia Zaragoza, ya con 17 °C y subiendo, como si el termómetro también quisiera unirse a la excursión.

Al entrar en la provincia de Aragón, el asfalto cambió drásticamente… para mal. Muy mal. Digamos que las suspensiones vivieron emociones fuertes.





Hicimos parada para el café en Tarazona, donde aprovechamos para admirar algunos de sus bonitos edificios, incluida la impresionante catedral. Después, de nuevo a por nuestras “monturas”, que ya nos miraban con cara de “¿otra vez?”.




A las 13:00 hicimos parada de control en Valverde para recalcular el Mapy, y Dani aprovechó para aplicarse protector solar y tomar un poco el sol. Multitarea nivel experto.


Hoy tocó comida “poligonera”. El dueño del restaurante tenía un Z3 y, aunque al principio nos recibió un poco borde, luego se portó muy bien y nos atendió rápida y eficazmente. Igual solo necesitaba calentarse, como el asfalto de Aragón pero al revés.


Continuamos ruta hacia Sos del Rey Católico, atravesamos las Bardenas Reales de Navarra y, después del café, nos dirigimos a Uncastillo. Seguimos con la ruta de los castillos por la A-1202, pasando por la Hoya de Huesca, hasta llegar al hotel Spa Aguas de los Mallos.





Allí, algunos valientes se lanzaron a la piscina a 25 °C (que para ellos debía de ser como bañarse en el Caribe). En meses más fríos está a 37 °C, pero claro, eso sería demasiado fácil. Otros prefirieron relajarse en el spa, y otros en la habitación, que también es una forma muy digna de meditación.


Cenamos opíparamente y, tras una vuelta para bajar la cena, nos dirigimos a nuestras —todo hay que decirlo— fantásticas habitaciones para reponernos del esfuerzo del día, que había sido notorio.
Al recordar los Km del día, no pude dejar de pensar que viajar en un roadster no es viajar en un simple vehículo, es una actitud. Es viajar con estilo, con el viento peinando (o despeinando) y con ese puntito de “si nos miran, que miren bien”. Y con ese pensamiento me abandoné a Morfeo hasta el amanecer del día siguiente.